

RESEÑAS
Jorge Figueroa sobre Rodolfo Bulacio
en «Fantasía marica del pueblo»
Apertura: 3 de octubre de 2023.
Cierre: marzo de 2024.
Por favor Rodo: no tirés margaritas a los chanchos!
Hace unos años me solicitaron un texto para una exposición sobre Rodolfo Bulacio y no acepté pensando que no tenía nada distinto que escribir y que no constituiría aporte alguno.
Esa exposición en el Museo Timoteo Navarro con la curaduría independiente de Jorge Gutiérrez no exhibía nada diferente en general (me refiero a las pinturas, objetos, videos, xilografías y recortes periodísticos) de lo que ya se conocía. Fue en marzo de 2018. En 2007, había realizado yo una curaduría sobre su vigencia en el MUNT, al cumplirse 10 años de su asesinato. En mayo de 2017 se hizo otra exposición pero en Termas de Río Hondo.
Desde el año pasado el Palais de Glace presenta “Rodolfo Bulacio. Fantasía marica del pueblo”, primero en el Centro Cultural Borges (Buenos Aires) y en el MUNT luego, con la curaduría de Geli González y Guadalupe Creche, cuyo objetivo declarado es dar cuenta del carácter político y contestatario de su obra. Tampoco exhibe algo que no se conozca.
Todos sabemos que la curaduría decide (para contarlo sencillamente) qué mostrar y cómo hacerlo (a menos que se trabaje en alguna institución o con un coleccionista en especial, es decir, sea encargada).Por eso, importan las curadurías más allá de lo que exhiban, sean obras conocidas, repetidas o no.
Una sala con su nombre fue inaugurada en 2005 en el Museo Timoteo Navarro; actualmente existe una fundación que dirige su madre (“Las margaritas de Rodofo Bulacio”).
Pero todo indica que cuando se pretende institucionalizar al artista, su obra parece querer escapar porque, y esto es relevante, sigue produciendo sentidos/s. “Huir de los museos, centros culturales, talleres y espacios de este tipo, quiero decir. Será, tal vez, como acaba de decir el recientemente designado director del Museo Nacional de Bellas Artes Andrés Duprat: “Los museos no son la vanguardia, creo que las vanguardias en temas sociales y artísticos no las dan las instituciones; el que cree eso se equivoca” (esto escribí en La GACETA, en octubre pasado 2023).
Un libro, decenas de textos, exposiciones, una fundación, una sala, reconocimientos oficiales. Y ahora, la legitimación nacional.
El deseo de fuga se intuye, se presume, cuando no se entiende la ironía de su trabajo con los símbolos patrios u otras instituciones como la familia, por ejemplo. Porque consta que fue rechazado por quienes hoy simulan reivindicarlo.
“Rodo: te lo digo, no hay que tirar margaritas a los chanchos”.
Rodolfo Bulacio marcó la década del 90 con su invasión pop, por lo que no debe sorprender que al único artista tucumano que le dedicó un retrato fue a Gerardo Medina (‘Perikita’), que evitó integrar el colectivo Tenor Grasso. Es Medina, cuyo trabajo “Des-hielo” inició, hasta donde se conoce, la performance en esta provincia.
En una encuesta que hice entre 25 artistas activos en el verano de 2002, la inmensa mayoría eligió como los favoritos de los 90 a Rodolfo Bulacio, Gerardo Medina y Sandro Pereira (en ese orden). Y se trataba de los 90, una década en la que el arte realizado en Tucumán comienza alinkear con Buenos Aires y Rosario.
Distintas performances
En ese período un relevamiento académico efectuado por María Brunet (medio centenar entre 1987 y 2001) dejó establecido que esta provincia era casi como tierra bendita de la performance, o poco menos. Ese indecidible derridiano.
“Fue y es uno de los artistas más citados en el arte contemporáneo tucumano. Diferentes autores han escrito sobre su obra y acciones, tiene su propio libro y demostró que podía ser un gran artista sin título y a tiempo completo; produjo una fisura en el arte en esta provincia; fue un outsider, tanto en su vida como en el arte».
“La performance rompió de manera tajante con la nueva figuración imperante en ese período artístico tucumano” (Gerardo Medina, 2002).
Pero no todas se hicieron desde una misma mirada.
Tenor Grasso de la que tanto se habla por estos días, se convirtió en una festiva pasarela (aparente) que paseó con raros peinados e indumentaria, con boleros y temas de Palito Ortega.
Irreverencia, hedonismo, descontracturación, “propias de una generación postrágica y desencantada”, caracteriza con agudeza Eva Grinstein cuando escribe sobre el arte de los 90.Y agrega el nombre que se usó: “arte joven”.
¿Respira esa celebración que se vivía con el menemato en los 90? (sugiero estudiar esa dirección de análisis).
Rodolfo Bulacio creó esa línea de trabajo que se expuso en el museo, boliches y el mismo Jockey Club de la época. Pasó de la ironía al trabajo con el kitsch y lo bizarro, en un clima de diversión que se proclamaba. Deconstruía, sin saberlo, opuestos como arte/ moda y arte/ diseño, entre otros.
Tenor Grasso presentó tres trabajos en 1995, dos en 1996, cuatro en 1997, dos en 1998 y uno en 1999. Hay una división de tareas entre los creadores, diseñadores y los modelos; el grupo incorporó actores. Gerardo Medina reflexiona: “creo que pesaba mucho el teatro antes que lo conceptual. Pienso que algunas fueron performances, pero otras seguro que no”.
En todo caso, los 90 no son poca cosa en el país, ni en el arte. De uno u otro modo, se vuelve a hablar de los 90.
¿La festiva pasarela que postula Rodolfo Bulacio comulga de una manera con lo que se llamó arte light en Buenos Aires, con el arte rosa marica o puto –como lo llamó Jorge GumierMaier-? (sugiero estudiar esa dirección de análisis)
Los 90
Por estos días Adriana Hidalgo Editora publicó “Arte argentino de los años noventa”. Son 630 páginas compiladas y editadas por Fabián Lebenglik y Gustavo Bruzzone. Organizado desde la centralidad jerárquica de Buenos Aires, los principales ensayos giran sobre el arte light; Rodolfo Bulacio figura únicamente en un corto texto escrito sobre artistas tucumanos. Los artículos que son de ese tiempo (aunque recién ahora se publican) dan cuenta de esa realidad. El artista de las margaritas no era conocido o considerado más allá de esta ciudad o Monteros (en rigor, excepto en el citado artículo, no figuran nombres de tucumanos).
La sobreactuación es propia del melodrama, y quién podría dudar de ello en las pasarelas de Rodo Bulacio, pero era un deseo (pienso, por ejemplo en ‘El beso de la mujer araña’, de Manuel Puig).
Algo distinto puede ser la sobreactuación de la sobreactuación.
La directora del Palais de Glace Federica Baeza seguramente disfrutó, como muchos, la inauguración de “Rodolfo Bulacio. Fantasía marica del pueblo” en el MUNT, en octubre pasado. La pasarela entre las margaritas se llevó la atención recreando ese clima festivo (en otras palabras, la sobreactuación multiplicada, entre ofrendas y velas encendidas).
Toda una fiesta que conquistó esa legitimación nacional de una autoridad que opina que el patriarcado en el arte se termina por decretos y una ley de género que permite que haya un poco más de nombres de mujeres en el patrimonio nacional.
En 1997 presenté en el Congreso Internacional de Semiótica (Río de Janeiro) una ponencia sobre el arte gay. En ella concluía que “cuando se logre sistematizar el estudio del arte gay en Argentina, Bulacio, seguramente ocupará páginas destacadas, cuya producción está concebida como un ritual…”.
En la performance que realizó en el MUNT, Sergio Gatica, tal vez, pretendió unir el gesto conceptual con el neopop, en “Cómo explicar el arte a una margarita muerta”.
“El gesto político de Joseph Beuys (uno de los artistas más importantes del siglo XX) inauguraba el arte conceptual, casi; el de (Gabriel) Chaile, en todo caso, acentúa un neo pop que involucra al conceptualismo”, escribí cuando el tucumano paseó con su oveja negra viva Daniel explicándole las pinturas en la feria de Arteba.
https://www.lagaceta.com.ar/nota/386310/espectaculos/como-explicar-arte-mascota.html
Algo distinto puede ser la sobreactuación de la sobreactuación sobreactuada, que linda con lo patético. «Rodo: te lo digo de nuevo, no hay que tirar margaritas a los chanchos» Jorge Figueroa, diciembre 2023.
Jorge Figueroa (Tucumán, 1957)
Títulos que a veces no importan: Licenciado en Artes y Doctor en Artes (UNT). Profesiones que a veces no interesan: crítico de arte, curador, docente, investigador. Periodista. Escribí ensayos, libros; y una tesis porque pensé que tenía algo para decir. Dicté seminarios sobre deconstrucción en el arte.
Rodolfo Bulacio (1970 – 1997)
Nace en Monteros, Tucumán, el 1 de octubre de 1970. Sobresaliente alumno de la facultad de arte y destacado miembro de la comunidad artística. Desarrolla a lo largo de su amplia producción diversos lenguajes artísticos, pintura, grabado, objetos, performance, diseño etc. Comprometido con el medio, su trabajo tuvo una marcada predisposición a transgredir los límites.
Recibió numerosos premios y distinciones, participó en salones nacionales y provinciales. Entre sus exposiciones individuales se destacan: “Los Amores del Capitán” (Centro Cultural Virla 1993; Tucumán), “Sobre la Culpa del Living” (El circulo 1994; Tucumán), “Mucha Karakatanga en la Koctelera” (Acción e intervención urbana que culminó en La Zona; 1995; Tucumán), “Blanka enseña lo que has conocido, homenaje a todos mis muertos” (1996). Miembro fundador del grupo “Tenor Grasso”, participa en todas sus presentaciones hasta 1996.Ganador del subsidio regional de estímulo otorgado por la fundación Antorchas en 1997.
Es asesinado en un crimen de odio el 10 de Marzo de 1997, a la edad de 26 años en su departamento en San Miguel de Tucumán.
Jorge Figueroa sobre Rodolfo Bulacio
en «Fantasía marica del pueblo»
Apertura: 3 de octubre de 2023.
Cierre: marzo de 2024.
Por favor Rodo: no tirés margaritas a los chanchos!
Hace unos años me solicitaron un texto para una exposición sobre Rodolfo Bulacio y no acepté pensando que no tenía nada distinto que escribir y que no constituiría aporte alguno.
Esa exposición en el Museo Timoteo Navarro con la curaduría independiente de Jorge Gutiérrez no exhibía nada diferente en general (me refiero a las pinturas, objetos, videos, xilografías y recortes periodísticos) de lo que ya se conocía. Fue en marzo de 2018. En 2007, había realizado yo una curaduría sobre su vigencia en el MUNT, al cumplirse 10 años de su asesinato. En mayo de 2017 se hizo otra exposición pero en Termas de Río Hondo.
Desde el año pasado el Palais de Glace presenta “Rodolfo Bulacio. Fantasía marica del pueblo”, primero en el Centro Cultural Borges (Buenos Aires) y en el MUNT luego, con la curaduría de Geli González y Guadalupe Creche, cuyo objetivo declarado es dar cuenta del carácter político y contestatario de su obra. Tampoco exhibe algo que no se conozca.
Todos sabemos que la curaduría decide (para contarlo sencillamente) qué mostrar y cómo hacerlo (a menos que se trabaje en alguna institución o con un coleccionista en especial, es decir, sea encargada).Por eso, importan las curadurías más allá de lo que exhiban, sean obras conocidas, repetidas o no.
Una sala con su nombre fue inaugurada en 2005 en el Museo Timoteo Navarro; actualmente existe una fundación que dirige su madre (“Las margaritas de Rodofo Bulacio”).
Pero todo indica que cuando se pretende institucionalizar al artista, su obra parece querer escapar porque, y esto es relevante, sigue produciendo sentidos/s. “Huir de los museos, centros culturales, talleres y espacios de este tipo, quiero decir. Será, tal vez, como acaba de decir el recientemente designado director del Museo Nacional de Bellas Artes Andrés Duprat: “Los museos no son la vanguardia, creo que las vanguardias en temas sociales y artísticos no las dan las instituciones; el que cree eso se equivoca” (esto escribí en La GACETA, en octubre pasado 2023).
Un libro, decenas de textos, exposiciones, una fundación, una sala, reconocimientos oficiales. Y ahora, la legitimación nacional.
El deseo de fuga se intuye, se presume, cuando no se entiende la ironía de su trabajo con los símbolos patrios u otras instituciones como la familia, por ejemplo. Porque consta que fue rechazado por quienes hoy simulan reivindicarlo.
“Rodo: te lo digo, no hay que tirar margaritas a los chanchos”.
Rodolfo Bulacio marcó la década del 90 con su invasión pop, por lo que no debe sorprender que al único artista tucumano que le dedicó un retrato fue a Gerardo Medina (‘Perikita’), que evitó integrar el colectivo Tenor Grasso. Es Medina, cuyo trabajo “Des-hielo” inició, hasta donde se conoce, la performance en esta provincia.
En una encuesta que hice entre 25 artistas activos en el verano de 2002, la inmensa mayoría eligió como los favoritos de los 90 a Rodolfo Bulacio, Gerardo Medina y Sandro Pereira (en ese orden). Y se trataba de los 90, una década en la que el arte realizado en Tucumán comienza alinkear con Buenos Aires y Rosario.
Distintas performances
En ese período un relevamiento académico efectuado por María Brunet (medio centenar entre 1987 y 2001) dejó establecido que esta provincia era casi como tierra bendita de la performance, o poco menos. Ese indecidible derridiano.
“Fue y es uno de los artistas más citados en el arte contemporáneo tucumano. Diferentes autores han escrito sobre su obra y acciones, tiene su propio libro y demostró que podía ser un gran artista sin título y a tiempo completo; produjo una fisura en el arte en esta provincia; fue un outsider, tanto en su vida como en el arte».
“La performance rompió de manera tajante con la nueva figuración imperante en ese período artístico tucumano” (Gerardo Medina, 2002).
Pero no todas se hicieron desde una misma mirada.
Tenor Grasso de la que tanto se habla por estos días, se convirtió en una festiva pasarela (aparente) que paseó con raros peinados e indumentaria, con boleros y temas de Palito Ortega.
Irreverencia, hedonismo, descontracturación, “propias de una generación postrágica y desencantada”, caracteriza con agudeza Eva Grinstein cuando escribe sobre el arte de los 90.Y agrega el nombre que se usó: “arte joven”.
¿Respira esa celebración que se vivía con el menemato en los 90? (sugiero estudiar esa dirección de análisis).
Rodolfo Bulacio creó esa línea de trabajo que se expuso en el museo, boliches y el mismo Jockey Club de la época. Pasó de la ironía al trabajo con el kitsch y lo bizarro, en un clima de diversión que se proclamaba. Deconstruía, sin saberlo, opuestos como arte/ moda y arte/ diseño, entre otros.
Tenor Grasso presentó tres trabajos en 1995, dos en 1996, cuatro en 1997, dos en 1998 y uno en 1999. Hay una división de tareas entre los creadores, diseñadores y los modelos; el grupo incorporó actores. Gerardo Medina reflexiona: “creo que pesaba mucho el teatro antes que lo conceptual. Pienso que algunas fueron performances, pero otras seguro que no”.
En todo caso, los 90 no son poca cosa en el país, ni en el arte. De uno u otro modo, se vuelve a hablar de los 90.
¿La festiva pasarela que postula Rodolfo Bulacio comulga de una manera con lo que se llamó arte light en Buenos Aires, con el arte rosa marica o puto –como lo llamó Jorge GumierMaier-? (sugiero estudiar esa dirección de análisis)
Los 90
Por estos días Adriana Hidalgo Editora publicó “Arte argentino de los años noventa”. Son 630 páginas compiladas y editadas por Fabián Lebenglik y Gustavo Bruzzone. Organizado desde la centralidad jerárquica de Buenos Aires, los principales ensayos giran sobre el arte light; Rodolfo Bulacio figura únicamente en un corto texto escrito sobre artistas tucumanos. Los artículos que son de ese tiempo (aunque recién ahora se publican) dan cuenta de esa realidad. El artista de las margaritas no era conocido o considerado más allá de esta ciudad o Monteros (en rigor, excepto en el citado artículo, no figuran nombres de tucumanos).
La sobreactuación es propia del melodrama, y quién podría dudar de ello en las pasarelas de Rodo Bulacio, pero era un deseo (pienso, por ejemplo en ‘El beso de la mujer araña’, de Manuel Puig).
Algo distinto puede ser la sobreactuación de la sobreactuación.
La directora del Palais de Glace Federica Baeza seguramente disfrutó, como muchos, la inauguración de “Rodolfo Bulacio. Fantasía marica del pueblo” en el MUNT, en octubre pasado. La pasarela entre las margaritas se llevó la atención recreando ese clima festivo (en otras palabras, la sobreactuación multiplicada, entre ofrendas y velas encendidas).
Toda una fiesta que conquistó esa legitimación nacional de una autoridad que opina que el patriarcado en el arte se termina por decretos y una ley de género que permite que haya un poco más de nombres de mujeres en el patrimonio nacional.
En 1997 presenté en el Congreso Internacional de Semiótica (Río de Janeiro) una ponencia sobre el arte gay. En ella concluía que “cuando se logre sistematizar el estudio del arte gay en Argentina, Bulacio, seguramente ocupará páginas destacadas, cuya producción está concebida como un ritual…”.
En la performance que realizó en el MUNT, Sergio Gatica, tal vez, pretendió unir el gesto conceptual con el neopop, en “Cómo explicar el arte a una margarita muerta”.
“El gesto político de Joseph Beuys (uno de los artistas más importantes del siglo XX) inauguraba el arte conceptual, casi; el de (Gabriel) Chaile, en todo caso, acentúa un neo pop que involucra al conceptualismo”, escribí cuando el tucumano paseó con su oveja negra viva Daniel explicándole las pinturas en la feria de Arteba.
https://www.lagaceta.com.ar/nota/386310/espectaculos/como-explicar-arte-mascota.html
Algo distinto puede ser la sobreactuación de la sobreactuación sobreactuada, que linda con lo patético. «Rodo: te lo digo de nuevo, no hay que tirar margaritas a los chanchos» Jorge Figueroa, diciembre 2023.
Jorge Figueroa (Tucumán, 1957)
Títulos que a veces no importan: Licenciado en Artes y Doctor en Artes (UNT). Profesiones que a veces no interesan: crítico de arte, curador, docente, investigador. Periodista. Escribí ensayos, libros; y una tesis porque pensé que tenía algo para decir. Dicté seminarios sobre deconstrucción en el arte.
Rodolfo Bulacio (1970 – 1997)
Nace en Monteros, Tucumán, el 1 de octubre de 1970. Sobresaliente alumno de la facultad de arte y destacado miembro de la comunidad artística. Desarrolla a lo largo de su amplia producción diversos lenguajes artísticos, pintura, grabado, objetos, performance, diseño etc. Comprometido con el medio, su trabajo tuvo una marcada predisposición a transgredir los límites.
Recibió numerosos premios y distinciones, participó en salones nacionales y provinciales. Entre sus exposiciones individuales se destacan: “Los Amores del Capitán” (Centro Cultural Virla 1993; Tucumán), “Sobre la Culpa del Living” (El circulo 1994; Tucumán), “Mucha Karakatanga en la Koctelera” (Acción e intervención urbana que culminó en La Zona; 1995; Tucumán), “Blanka enseña lo que has conocido, homenaje a todos mis muertos” (1996). Miembro fundador del grupo “Tenor Grasso”, participa en todas sus presentaciones hasta 1996.Ganador del subsidio regional de estímulo otorgado por la fundación Antorchas en 1997.
Es asesinado en un crimen de odio el 10 de Marzo de 1997, a la edad de 26 años en su departamento en San Miguel de Tucumán.
Reseña: Gaspar Núñez sobre Ricardo Fatalini en «Los bordes del silencio»
Gaspar Núñez sobre Ricardo Fatalini
en «Los bordes del silencio»
Casa Museo de la Ciudad SMT
San Miguel de Tucumán, Argentina.
Apertura: 30 de mayo de 2024.
Cierre: 28 de julio de 2024.
Un agujero perfora el agua
Las obras persisten mientras los cuerpos se mueren. Pero la vida de un cuerpo puede prolongarse en ciertas obras ya que cada artista se funde con la superficie que pincela o modela. Le irriga un calor que se conserva en la huella de su superficie. Eco lo dice con estas palabras:
El estilo es el “modo de formar”, personal, inimitable, característico; la huella recognoscible que la persona deja de sí misma en la obra; y coincide con el modo en que se forma la obra. La persona, por lo tanto, se forma en la obra: comprender la obra es lo mismo que poseer la persona del creador hecha objeto físico.
Esta calidez óntica caracteriza a todo el arte plástico, pero Eco no advierte que el arte visual se origina desde un principio fuera del cuerpo de le artista. El arte visual -el collage, ready-made, etc.- ensambla, dispone o yuxtapone objetos preexistentes en el mundo. Es entonces cuando lxs artistas se vuelven un tercero ante sus materiales y esta distancia irrevocable lxs vuelve, en su mayoría, cínicos. El arte visual no deja su huella en la materia porque lxs artistas no la asimilan a su organismo, actúan de forma quirúrgica, toman la propia obra con cautela. Mientras la pintura sólo puede ser afirmativa y propositiva porque parte de una convicción o un acto de fe -aquella comunión del cuerpo con la materia-, la base del arte visual se cimenta en un descreimiento o desconfianza general, por lo que reviste una actitud cínica.
Cualquiera diría que hay gradientes y excepciones, y tendría razón; los ready-mades retinianos de Hernán Aguirre o Juan Ojeda, son ejemplos de ésto. Ambos producen desde su enamoramiento y fidelidad con las cosas que miran. Buscan redimir, vivificar esos objetos que encuentran dispersos en el mundo. Otro caso -en sentido inverso a ellos- sería el de Ricardo Fatalini en su etapa abstracta geométrica. Aquel Fatalini se proponía borrar la huella de su cuerpo de la superficie de la pintura, quería escindir la mano de la cabeza. Su programa consistía en fosilizar la pintura antes de que nazca, o sea, llevarla al grado cero y ahí terminarla en seco. Producía como si la pintura fuera un ya-hecho aún por hacerse. Intentaba sustraer de la imagen su carácter plástico. Y estos gestos que desafían al objeto artístico tienden a tomarse como una agresión a la convicción (plástica, pero también ética) de lxs otrxs en una escena, por lo que Fatalini -el abstracto cínico- encarnó el lugar del tábano o del chivo expiatorio para la pintura figurativa tucumana.
Su nombre se ha unido a la abstracción y, a su vez, ésta es tomada por la historiografía como una excepción en la producción tucumana. Esa cualidad en cierta forma excepcional se transfiere a la biografía de Fatalini, pero con sus obras más recientes el artista pareciera abjurar de la geometría y renunciar a aquel mérito que la historia le ha otorgado: son pinturas de peces, muy plásticas y muy narrativas. Cuando Cárdenas las presentó, resaltó de su obra lo “amplia y variada”, aludiendo a ese salto diametral. Figueroa escribió: “nada que ver con las líneas de aquel artista. Este Fatalini es otro”.
En sus últimas obras parte las aguas de la pintura para hacerle huecos y transitar ese mar abierto. Pinta el fondo y cada figura (cada pez) aparece sólo por la ausencia de materia. Fatalini viene del vacío y también se dirige hacia él pero reconvertido; sus pinturas se ven excesivamente narrativas, están llenas de una narratividad hueca porque -según creo- toma lo narrativo como un fin para el que los peces (la imagen) son sólo el medio. No quiero entrar en apreciaciones formales sobre las obras porque esto no es una reseña, pero voy a hacer una digresión sobre el contenido de las pinturas:
Los peces son animales inquietos que están siempre en movimiento. No se preguntan cuántas veces pasa un mismo río porque ellos son el río y esa cualidad dinámica intrínseca de los peces es la que los vuelve narrativos. Se mantienen en un constante flujo sin poder detenerse, compelidos a comunicar una secuencia de pequeños eventos: sus giros, curvas y contracurvas. Toda imagen de un pez es un frame que se recorta sobre una historia mayor. El arte griego intentó plasmar en cada imagen el instante más dramático de cada situación; como el conocido discóbolo o el Laocoonte, que reflejan el punto de mayor tensión expresiva de la acción. Pero, aunque los peces no pueden no ser narrativos, no lo son a la manera del arte griego ya que prescinden del drama. Ofrecen la cáscara de una narratividad vaciada y sin relato. La historia de un pez es su propio minuto a minuto, un puro presente sin nudo, desarrollo ni desenlace y por ello Fatalini los trae a su obra para pensar el paradigma narrativo desde y en el arte.
Flota entre nosotrxs, en esta actualidad que compartimos, un sentido común que traza una correlación directa entre ciertos conceptos: se asume que lo plástico es narrativo y ambos conforman el carácter de lo moderno. A su vez, lo visual se iguala a lo conceptual o minimalista y se toman como expresión del espíritu de lo contemporáneo. Esta lógica de entrecasa busca causalidades rápidas y agrupa aspectos en bloques obtusos. Pero ya hace varios años, en 2015, Fatalini escribió que su interés pasa por “los cuestionamientos a lo que llamamos arte en general. En definitiva, no creo en el arte contemporáneo y mucho menos en saberes específicos”. Aunque sí afirma (me lo dijo personalmente) una “plasticidad en el concepto” de la obra, un “concepto-plástico”, maleable como cualquier rumor o mito. De esta forma, busca contaminar las categorías que se presentan estancas en el sentido común actual. Sin embargo, al hablar de estas obras el artista asegura una y otra vez su convicción con los elementos plásticos y su comunión gozosa con los materiales. Sospechosamente lanza predicaciones que parecieran querer convencernos de ahora ser un pintor ingenuo, un artista narrativo y adepto a la plástica. Un Fatalini otro, reencauzado, que fué cínico pero ya no más. Aunque el propio artista también dijo: “Juego con la búsqueda de sentido, como si fuera una trampa, y la trampa es la pintura, no exactamente el significado”. Y en otra oportunidad, reafirma su idea:
La representación de la naturaleza es una trampa que atrae al espectador a otro viaje, a otro laberinto que tiene que ver con la problemática plástica en sí misma. Lo que me interesa realmente es la naturaleza de la pintura, o sea los elementos plásticos.
La figuración como trampa nos presenta un Fatalini que se escinde. Una pintura rectificada que se desdice a sí misma para dejar de ser meramente afirmativa. Borra con la palabra lo que pinta la mano. Promueve un descreimiento hacia sus propias obras, una ambivalencia contradictoria y sospechosa. Estratégica. Queda claro que sus peces no son la obra en sí, sino un señuelo o carnada que nos redirige hacia ella. Como toda trampa, debe ser ampulosa y exagerar sus colores y sus rasgos para distraernos fácilmente y arrastrarnos hacia otro lugar. Fatalini propone que su obra no es el objeto que muestra, sino lo que éste despliega. Una máquina para hacer ver y enunciar, para mediar y regular las relaciones entre individuxs, espectadorxs y su entorno. El artista aseguró que en estas nuevas pinturas “hay otro estilo, es un cambio radical, pero también está fuera de lo común de lo que se hace”. ¿A qué se refiere, específicamente? ¿Qué estaría fuera de lo común?, me pregunto y yo mismo respondo: no son los peces ni lo narrativo ni la pintura ni el color ni el significado ni la problemática plástica, etcétera etcétera. Aunque no por falta de virtud, o quizá sí, pero no nos importa. Lo verdaderamente inusual acá es intangible y estaría en eso otro a lo que se refiere: el “cambio radical” que él asume y es a mi criterio a donde nos conduce su trampa.
En el apartado VIII sobre la reproductibilidad técnica, Benjamín contrapone el arte plástico con el montaje fílmico. Asegura que antiguamente, las obras plásticas eran únicas y no reproductibles por lo que debían ser hechas para la eternidad, mientras que el cine es una forma de arte que constitutivamente nace por la posibilidad de ser reproducida. Él ve en su reproductibilidad la capacidad de ser modificada y ve en el montaje el síntoma de una renuncia a la eternidad como valor. Y aunque Benjamin no lo explicite, hay una paradoja en el esquema que plantea: el arte plástico contradice su propia plasticidad al intentar preservar su huella como una esencia inflexible.
Sabemos que para el arte actual la coherencia sigue siendo un valor caro, aunque a veces se asegure lo contrario. El estilo, esa huella que queda en la superficie de la obra y que conserva inmanente la presencia de quién la hizo, es la forma que tiene el mercado del arte de comprobar la correspondencia en sus inversiones y corroborar las autorías. Se asume que el estilo que cada artista construye le sirve de garantía, es el reservorio de su capital acumulado. Pero Fatalini baraja y da de nuevo. Alguien podría decir que, mientras el sistema del arte demanda que cada artista sea idénticx a su propia mismidad, las apuestas de Fatalini únicamente se proponen perder. Licuar los capitales de la coherencia, traicionar su estilo, derrochar la identidad, devaluar su mito. Pero pensar esto sería en parte equivocado y en parte simplista, porque Fatalini -como en cualquier potlatch- sólo gana perdiendo, esa es su ética: no hipotecar su nombre ni su imagen, y esa es la forma en que reafirma su soberanía.1
El artista pone a prueba su hipótesis de un concepto-plástico, para lo que ofrece a disposición su propia trayectoria, su propio mito. Si dije que Sandro en sus últimas muestras traslada aspectos inéditos de su vida a la imagen de su obra (el cansancio, agotamiento, la adultez), diría que en la trampa de Fatalini se realiza lo opuesto: él incorpora a su vida los procedimientos del arte. Se propone como un soporte en que tenga lugar un “cambio radical” que junta a la fuerza cosas diversas y sin conexión aparente: empalma un Fatalini abstracto cínico con otro Fatalini ingenuo plástico narrativo. Hace un montaje de sí mismo, un meta-collage. Ternavasio vislumbró la figura de le artista-ready-made para definir la producción contemporánea tucumana. Fatalini postula: ni moderno ni contemporáneo, otro. Queda abierta la comprobación de su hipótesis.
1 Sobre su postura soberana, Fatalini dijo: “la mirada del otro; ante todo, siento que el primer otro soy yo mismo. Cuando estoy trabajando soy mi crítico más duro. Por un lado. Y por otro lado, también estoy midiendo el trabajo mientras lo voy haciendo desde mi mirada”.
Gaspar Núñez (Tucumán, 1994)
Artista, curador, escritor.
Maestrando en Historia del Arte Moderno y Contemporáneo, UNA. Fue becado para realizar el Programa de Artistas Di Tella 2020-21. Cursó la Licenciatura en Artes UNT y la Escuela de Bellas Artes UNT.
Es director de Carimbu Editora y coeditó Revista Las Gárgolas.
Entre 2015-19 codirigió Galería Lateral en Tucumán, que ganó el Premio en Obra al mejor stand en ArteBA y en MAC Córdoba, ambos en 2018.
Como artista, recibió el premio nacional Jamaica Posible 2020, becas de creación del FNA 2022/2019, ganó un premio de Bienal de Arte Joven BA y en 2017 fue premiado por Plataforma Futuro del Ministerio de Cultura de la Nación.
Fue becado para participar de diferentes residencias en el país.
Ricardo Fatalini (Paysandu, Uruguay 1971)
Radicado en Argentina desde 1978, estudió en la Escuela de Bellas Artes UNT y algunos años en la Facultad de Artes UNT. Participó en premios, becas, clínicas, exposiciones colectivas y 10 exposiciones individuales hasta la fecha. Actualmente no considera que todos estos hechos tengan demasiada importancia.
Reseña: Andrei Fernández sobre Ana Won «La inmortalidad de los afectos»
Andrei Fernández sobre Ana Won
en «La inmortalidad de los afectos»
KDR | Katia David Rosenthal gallery
Miami, Florida, Estados Unidos.
Apertura: 20 de enero de 2024.
Cierre: 18 de febrero de 2024.
El elogio del afecto de Ana Won
Ana Won comenzó el año 2024 inaugurando la exposición “La inmortalidad de los afectos” en la galería de arte de Katia David Rosenthal (KDR) en Miami, Estados Unidos. Una exposición que la artista dedicó especialmente a su comunidad y a sus seres queridos. Sus pinturas mutan a objetos escultóricos con la adición de tallas de madera, piezas de cerámica y de orfebrería, en las que aparecen susurros de memorias colectivas del norte argentino y en las que se abrazan formas y tiempos.
A diferencia de la mayoría de les artistas de Tucumán, Ana no pasó por la Facultad de Artes de la UNT. Quiso buscar otra forma de construirse como artista, con otro ritmo, acelerando y macerando procesos sin disciplina, sin solemnidad. Pasó por el taller/clínica de Alejandra Mizrahi y Sandro Pereira en RUSIA Galería, y también por el programa Yungas que coordinó Raúl Flores junto a Piero Sogno, también por el Programa de Artistas de la Universidad Di Tella, entre otres.
Won se inquieta en preguntas sobre la identidad, pero se sumerge en ellas de la mano de sus afectos. Desde su obra alienta a fortalecer la comunidad de la que es parte en Tucumán, de donde es oriunda y desde donde decide trabajar, en vínculo estrecho con otres artistas de esta escena. Ha sido parte de FACT, Fundación para el Arte Contemporáneo de Tucumán que dirige Gustavo Nieto y del colectivo Bombo, desde el que realizó junto a artistas contemporáneos de Tucumán investigaciones y exposiciones en torno a la pintura. A mediados del año 2024 ha creado DICHA, espacio de talleres para artistas de Tucumán, en donde trabajan Rosalba Mirabella, Sofía Noble, Pablo Masino, Manuel Garay, Maximiliano Romero Almerar, Nando Migueles, Mariana Ponce, Julieta Papa, la propia Ana y la cofundadora de este sitio para la producción de arte y fantasías: María José Vera. En este lugar se comenzaron a organizar recientemente diferentes eventos abiertos a todo público, inaugurando un nuevo espacio de intercambio y encuentros en la siempre efervescente capital tucumana.
En una charla que tuve con Ana tras su regreso de Estados Unidos, me contó de su interés por atender a los modos y mecanismos desde y a través de los que trabajamos y qué sentimos quienes vivimos en este territorio, quienes lo vivimos desde el arte. Hay un eco en su propia práctica, en las imágenes y discursos que impulsa, sobre estas inquietudes precisas pero no explícitas. Desde esta pequeña ciudad contorneada de cerros azules que fue cuna de la independencia argentina en el inicio del siglo XIX y también foco de rebelión obrera-campesina-estudiantil y posterior represión feroz en la segunda mitad del siglo XX. Ante la elección de ser artistas aquí, en el transicionar hacia ese posicionamiento, siempre caprichoso pero también siempre político, al transitar así este espacio ¿dejamos que nos atraviese? ¿se evidencia en nuestras prácticas artísticas?¿cómo convivimos con sus contradicciones y las nuestras?.
Las pinturas de Ana presentan gestos que pueden ser una continuidad de pinturas rupestres hechas en cuevas, en grutas. Homenajes, señalamientos, invenciones. Propone que su obra sea un lugar y también un depósito de memorias. Sus obras son también personajes que tienen identidad. Se mueven, saltan de la bidimensión al espacio todo. Siempre contienen memoria, preguntas sobre la identidad, sobre lo que nos hace únicas y a la vez nos hace parte de algo que trasciende nuestras subjetividades, e inquietudes sobre cómo trascender la muerte. Su obra mezcla materialidades y oficios. La pintura con la herrería con la cerámica con la talla en madera. “Lo que hago es pensar en una sensación, entonces le busco como una identidad a la obra y pienso en esa sensación, pienso, pienso. Tengo una especie de ritual en donde me pongo como en un estado otro, en una. Pero nunca sé, a veces me pasa que no me funciona, digamos“ comenta. La posibilidad de fracaso en la pintura la seduce. Ella afirma: no todo tiene que funcionar. Para que una pintura salga buena, es necesario pasarla un poco mal. Que suceda una conmoción, una catástrofe. En sus trabajos y en sus relatos sobre sus procesos aparece también la dimensión mística.
Algunas de sus pinturas llevan piedras encontradas en sitios que han sido espacios ceremoniales o joyas que parecen parte de un ajuar ritual. Ana se imagina que sus obras son máquinas que viajan en el tiempo. Les construye brazos y piernas y se mueven danzando, saltando, entre diferentes parcelas de lo posible. Tienen la capacidad de ir al pasado, al presente o al futuro. Crean a su vez un tiempo que aún no tiene nombre. Cada artefacto pictoescultórico de Won enhebra y mezcla tendencias disímiles que dan lugar a imágenes que pueden resultarnos familiares pero con un aura de extrañamiento gozante.
Won investiga pigmentos naturales para hacerlos parte también de su pintura. Ya sea como polvo, usando un mortero o diluidos en agua para lograr un pigmento aguado, que puede generar veladuras. En una residencia que realizó en San Carlos, Salta, en 2023 tuvo la posibilidad de trabajar con la comunidad local y conocer más sobre pigmentos que se han utilizado desde tiempos inmemoriales en la región. Ana se acerca también curiosa a conocer la simbología de los pueblos originarios, atenta a sus nombres, repeticiones, sentidos.
En “La inmortalidad de los afectos” ella afirma que todas las obras tratan de la comunicación con el otro, el vínculo con un otro para repensarse, para reinventarse. “Creo que por eso siempre me interesan esas cosas, la experiencia colectiva, la idea de la identidad también, el amor“ afirma. Son estos los tres ejes que atraviesan actualmente su producción: el arte rupestre, las abstracciones de los pueblos originarios y la estética de la iglesia católica. “En la Iglesia de Fátima había unas escaleras así gigantes y arriba había una virgen. Yo digo que fue la primera mujer de la que me enamoré. La virgen. Yo tenía nueve años y realmente estaba súper enamorada de la virgen. Era ir todas las mañanas a rezar y ver la iglesia asombrada“ cuenta. Al crecer se impactó al comprender el vínculo de la iglesia con la colonización, al tomar conciencia de las contradicciones y los sincretismos de la identidad de nuestra región, que se expande más allá de las fronteras de Argentina. En el texto de la sala de su exposición en Miami se subraya su insistencia en la exploración de las relaciones internas y externas en variadas composiciones, presentadas como dípticos y cuadrípticos, rondando reflexiones sobre la naturaleza de los vínculos humanos. Ana eligió siendo ya adulta su propio nombre. Ella dice: “me hice una identidad“. A través de su ser artista determina, y también juega, lo que puede llegar a ser. Rechaza las herencias, rechaza el apellido dado. Así se encuentra y se crea a mí misma. Se nace, se asombra. Celebra. Ama.
San Miguel de Tucumán, Agosto de 2024
1 Haciendo alusión a Deleuze, en su clase Germen y catástrofe.
Introducción al diagrama pictórico publicada en Pintura. El concepto de
Diagrama por Editorial Cactus (segunda edición en 202
Andrei Fernández (Cutral-Có, Neuquén, 1983)
Curadora, gestora intercultural e investigadora independiente. Promueve proyectos en los que se cruzan la economía social y el arte contemporáneo, los cuales propician colaboraciones entre artistas, activistas e investigadores de diferentes territorios y comunidades. Ha curado diversas exposiciones de artes visuales en museos, galerías y espacios autónomos de Argentina, Alemania, Paraguay, Portugal y Reino Unido. Curó el proyecto expositivo “La escucha y los vientos“ presentado en ifa-Galerie de Berlín (2020), en el Museo de Bellas Artes de Salta y en el Museo del Barro/Fundación Migliorisi de Asunción (2021), como una propuesta de convivencia intercultural y de ensayos de desplazamientos en los usos de artefactos y discursos. Fue curadora del 110º Salón Nacional de Artes Visuales del Palais de Glace, organizado por el Ministerio de Cultura de Argentina (2022). Realizó una residencia como curadora en Delfina Foundation, Londres (2023). Acompaña al colectivo de tejedoras del pueblo Wichí Silät. Trabaja desde el norte de Argentina con la galería Cecilia Brunson Projects de Londres, con el Programa 99 Questions que cura Michael Dieminger y con FACT, Fundacion para el Arte Contemporáneo de Tucumán.
Ana Won (1989)
Nació en San Miguel de Tucumán, vive en Tucumán y trabaja en Buenos Aires.
Estudió en la Universidad Nacional de Tucumán y realizó clínicas e instancias de formación entre las que se destacan Yungas Arte Contemporáneo, residencia Fondo Nacional de las Artes, Rusia Galería, Residencia URRA, Residencia Curadora, Residencia Zona y el Programa de Artistas de la Universidad Torcuato Di Tella.Fundó Dicha, el primer espacio de taller de producción para artistas de Tucumán. Ganó el Primer Premio Banco Central de la República Argentina edición 2022.
Participó en exposiciones en distintas instituciones como Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA), Museo Timoteo Navarro de Tucumán, Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano de La Plata (MACLA), Centro Cultural Kirchner (CCK), Fundación Klemm, Espacio Cripta, Fundación Fact, Rusia Galería, entre otras.
Realizó las exhibiciones individuales “The immortality of affections” (KDR, USA, 2024), “Cantos y Alaridos” (Constitución Galería, 2021), “Episodios de la pintura” (Galería Lateral, 2017) “G3NERΔC1ON 1000ËNNI4Г” (Espacio Tucumán, 2017).Participó en las ferias ArteBA, ArcoMadrid, NADA Miami y New York, Pinta Parc Perú.
Sus obras forman parte de colecciones públicas y privadas.
Reseña: Jorge Figueroa sobre Rodolfo Bulacio «Fantasía marica del pueblo»
Jorge Figueroa sobre Rodolfo Bulacio
en «Fantasía marica del pueblo»
Apertura: 3 de octubre de 2023.
Cierre: marzo de 2024.
Por favor Rodo: no tirés margaritas a los chanchos!
Hace unos años me solicitaron un texto para una exposición sobre Rodolfo Bulacio y no acepté pensando que no tenía nada distinto que escribir y que no constituiría aporte alguno.
Esa exposición en el Museo Timoteo Navarro con la curaduría independiente de Jorge Gutiérrez no exhibía nada diferente en general (me refiero a las pinturas, objetos, videos, xilografías y recortes periodísticos) de lo que ya se conocía. Fue en marzo de 2018. En 2007, había realizado yo una curaduría sobre su vigencia en el MUNT, al cumplirse 10 años de su asesinato. En mayo de 2017 se hizo otra exposición pero en Termas de Río Hondo.
Desde el año pasado el Palais de Glace presenta “Rodolfo Bulacio. Fantasía marica del pueblo”, primero en el Centro Cultural Borges (Buenos Aires) y en el MUNT luego, con la curaduría de Geli González y Guadalupe Creche, cuyo objetivo declarado es dar cuenta del carácter político y contestatario de su obra. Tampoco exhibe algo que no se conozca.
Todos sabemos que la curaduría decide (para contarlo sencillamente) qué mostrar y cómo hacerlo (a menos que se trabaje en alguna institución o con un coleccionista en especial, es decir, sea encargada).Por eso, importan las curadurías más allá de lo que exhiban, sean obras conocidas, repetidas o no.
Una sala con su nombre fue inaugurada en 2005 en el Museo Timoteo Navarro; actualmente existe una fundación que dirige su madre (“Las margaritas de Rodofo Bulacio”).
Pero todo indica que cuando se pretende institucionalizar al artista, su obra parece querer escapar porque, y esto es relevante, sigue produciendo sentidos/s. “Huir de los museos, centros culturales, talleres y espacios de este tipo, quiero decir. Será, tal vez, como acaba de decir el recientemente designado director del Museo Nacional de Bellas Artes Andrés Duprat: “Los museos no son la vanguardia, creo que las vanguardias en temas sociales y artísticos no las dan las instituciones; el que cree eso se equivoca” (esto escribí en La GACETA, en octubre pasado 2023).
Un libro, decenas de textos, exposiciones, una fundación, una sala, reconocimientos oficiales. Y ahora, la legitimación nacional.
El deseo de fuga se intuye, se presume, cuando no se entiende la ironía de su trabajo con los símbolos patrios u otras instituciones como la familia, por ejemplo. Porque consta que fue rechazado por quienes hoy simulan reivindicarlo.
“Rodo: te lo digo, no hay que tirar margaritas a los chanchos”.
Rodolfo Bulacio marcó la década del 90 con su invasión pop, por lo que no debe sorprender que al único artista tucumano que le dedicó un retrato fue a Gerardo Medina (‘Perikita’), que evitó integrar el colectivo Tenor Grasso. Es Medina, cuyo trabajo “Des-hielo” inició, hasta donde se conoce, la performance en esta provincia.
En una encuesta que hice entre 25 artistas activos en el verano de 2002, la inmensa mayoría eligió como los favoritos de los 90 a Rodolfo Bulacio, Gerardo Medina y Sandro Pereira (en ese orden). Y se trataba de los 90, una década en la que el arte realizado en Tucumán comienza alinkear con Buenos Aires y Rosario.
Distintas performances
En ese período un relevamiento académico efectuado por María Brunet (medio centenar entre 1987 y 2001) dejó establecido que esta provincia era casi como tierra bendita de la performance, o poco menos. Ese indecidible derridiano.
“Fue y es uno de los artistas más citados en el arte contemporáneo tucumano. Diferentes autores han escrito sobre su obra y acciones, tiene su propio libro y demostró que podía ser un gran artista sin título y a tiempo completo; produjo una fisura en el arte en esta provincia; fue un outsider, tanto en su vida como en el arte».
“La performance rompió de manera tajante con la nueva figuración imperante en ese período artístico tucumano” (Gerardo Medina, 2002).
Pero no todas se hicieron desde una misma mirada.
Tenor Grasso de la que tanto se habla por estos días, se convirtió en una festiva pasarela (aparente) que paseó con raros peinados e indumentaria, con boleros y temas de Palito Ortega.
Irreverencia, hedonismo, descontracturación, “propias de una generación postrágica y desencantada”, caracteriza con agudeza Eva Grinstein cuando escribe sobre el arte de los 90.Y agrega el nombre que se usó: “arte joven”.
¿Respira esa celebración que se vivía con el menemato en los 90? (sugiero estudiar esa dirección de análisis).
Rodolfo Bulacio creó esa línea de trabajo que se expuso en el museo, boliches y el mismo Jockey Club de la época. Pasó de la ironía al trabajo con el kitsch y lo bizarro, en un clima de diversión que se proclamaba. Deconstruía, sin saberlo, opuestos como arte/ moda y arte/ diseño, entre otros.
Tenor Grasso presentó tres trabajos en 1995, dos en 1996, cuatro en 1997, dos en 1998 y uno en 1999. Hay una división de tareas entre los creadores, diseñadores y los modelos; el grupo incorporó actores. Gerardo Medina reflexiona: “creo que pesaba mucho el teatro antes que lo conceptual. Pienso que algunas fueron performances, pero otras seguro que no”.
En todo caso, los 90 no son poca cosa en el país, ni en el arte. De uno u otro modo, se vuelve a hablar de los 90.
¿La festiva pasarela que postula Rodolfo Bulacio comulga de una manera con lo que se llamó arte light en Buenos Aires, con el arte rosa marica o puto –como lo llamó Jorge GumierMaier-? (sugiero estudiar esa dirección de análisis)
Los 90
Por estos días Adriana Hidalgo Editora publicó “Arte argentino de los años noventa”. Son 630 páginas compiladas y editadas por Fabián Lebenglik y Gustavo Bruzzone. Organizado desde la centralidad jerárquica de Buenos Aires, los principales ensayos giran sobre el arte light; Rodolfo Bulacio figura únicamente en un corto texto escrito sobre artistas tucumanos. Los artículos que son de ese tiempo (aunque recién ahora se publican) dan cuenta de esa realidad. El artista de las margaritas no era conocido o considerado más allá de esta ciudad o Monteros (en rigor, excepto en el citado artículo, no figuran nombres de tucumanos).
La sobreactuación es propia del melodrama, y quién podría dudar de ello en las pasarelas de Rodo Bulacio, pero era un deseo (pienso, por ejemplo en ‘El beso de la mujer araña’, de Manuel Puig).
Algo distinto puede ser la sobreactuación de la sobreactuación.
La directora del Palais de Glace Federica Baeza seguramente disfrutó, como muchos, la inauguración de “Rodolfo Bulacio. Fantasía marica del pueblo” en el MUNT, en octubre pasado. La pasarela entre las margaritas se llevó la atención recreando ese clima festivo (en otras palabras, la sobreactuación multiplicada, entre ofrendas y velas encendidas).
Toda una fiesta que conquistó esa legitimación nacional de una autoridad que opina que el patriarcado en el arte se termina por decretos y una ley de género que permite que haya un poco más de nombres de mujeres en el patrimonio nacional.
En 1997 presenté en el Congreso Internacional de Semiótica (Río de Janeiro) una ponencia sobre el arte gay. En ella concluía que “cuando se logre sistematizar el estudio del arte gay en Argentina, Bulacio, seguramente ocupará páginas destacadas, cuya producción está concebida como un ritual…”.
En la performance que realizó en el MUNT, Sergio Gatica, tal vez, pretendió unir el gesto conceptual con el neopop, en “Cómo explicar el arte a una margarita muerta”.
“El gesto político de Joseph Beuys (uno de los artistas más importantes del siglo XX) inauguraba el arte conceptual, casi; el de (Gabriel) Chaile, en todo caso, acentúa un neo pop que involucra al conceptualismo”, escribí cuando el tucumano paseó con su oveja negra viva Daniel explicándole las pinturas en la feria de Arteba.
https://www.lagaceta.com.ar/nota/386310/espectaculos/como-explicar-arte-mascota.html
Algo distinto puede ser la sobreactuación de la sobreactuación sobreactuada, que linda con lo patético. «Rodo: te lo digo de nuevo, no hay que tirar margaritas a los chanchos» Jorge Figueroa, diciembre 2023.
Jorge Figueroa (Tucumán, 1957)
Títulos que a veces no importan: Licenciado en Artes y Doctor en Artes (UNT). Profesiones que a veces no interesan: crítico de arte, curador, docente, investigador. Periodista. Escribí ensayos, libros; y una tesis porque pensé que tenía algo para decir. Dicté seminarios sobre deconstrucción en el arte.
Rodolfo Bulacio (1970 – 1997)
Nace en Monteros, Tucumán, el 1 de octubre de 1970. Sobresaliente alumno de la facultad de arte y destacado miembro de la comunidad artística. Desarrolla a lo largo de su amplia producción diversos lenguajes artísticos, pintura, grabado, objetos, performance, diseño etc. Comprometido con el medio, su trabajo tuvo una marcada predisposición a transgredir los límites.
Recibió numerosos premios y distinciones, participó en salones nacionales y provinciales. Entre sus exposiciones individuales se destacan: “Los Amores del Capitán” (Centro Cultural Virla 1993; Tucumán), “Sobre la Culpa del Living” (El circulo 1994; Tucumán), “Mucha Karakatanga en la Koctelera” (Acción e intervención urbana que culminó en La Zona; 1995; Tucumán), “Blanka enseña lo que has conocido, homenaje a todos mis muertos” (1996). Miembro fundador del grupo “Tenor Grasso”, participa en todas sus presentaciones hasta 1996.Ganador del subsidio regional de estímulo otorgado por la fundación Antorchas en 1997.
Es asesinado en un crimen de odio el 10 de Marzo de 1997, a la edad de 26 años en su departamento en San Miguel de Tucumán.





